César

10/05/2016

La que le ha caído al pobre César Bona, un maestro de un colegio público de Aragón, por figurar como candidato a un premio.

Otros premios no despiertan tanto recelo. Están los Nobel, el premio de poesía Hiperión, los Cervantes, los Príncipe/Princesa de Asturias, el Pritzker de arquitectura y muchos más. También los hay, en España, educativos como el premio Acción Magistral, las peonzas de Espiral o incluso los premios nacionales de educación. (Estos últimos, los premios nacionales, son ejemplares en algo: pese a otorgarlos el Ministerio de Educación y decir que uno de sus objetivos es la difusión de buenas prácticas, consiguen pasar absolutamente desapercibidos). Con todos estos no se mete nadie.

Tal vez un pecado del premio al que presentaron a César era su cortísima historia, puesto que era la primera edición. También puede influir el hecho de ser la iniciativa de un multimillonario, Sunny Varkey, que tiene entre otras cosas decenas de colegios privados en varios países. El premio consiste en un millón de dólares y lo entregan personas como el Papa, Bill Clinton, etc. Un nivelazo, vaya.

La primera edición del Global Teacher Prize, que así se llama el premio, la ganó Nancie Atwell, una profesora a punto de jubilarse de Massachussetts, que es propietaria de su propia escuela. La segunda edición la ha ganado una profesora, Hanan Alhroub, que da clase en Palestina, en un entorno invadido por la violencia.

Los críticos con César son, principalmente, colegas suyos. Ya era de esperar que no lo criticasen las fontaneras o los conductores de máquinas quitanieves, pero sorprende esa cosa tan humana de atizarle en la cabeza al que asoma un poco por encima justo a tu lado.

El premio buscaba al “mejor profesor del mundo” y esto pone bastante nerviosa a la gente, porque no les parece que el Nobel busque, por ejemplo, al mejor literato, sino a alguien suficientemente bueno que escribe cosas por ahí. Los Goya tampoco: los sortean. Y así en general. Lo de destacar a una persona por encima de las demás es una cosa de muy mal gusto. Los premios deberían caer al azar, como el ramo de la novia.

Como esto de “la mejor del mundo” les encanta a los periodistas, César se pasará el pobre los próximos treinta años señalado como candidato al Global Teacher Prize, una carga que no es nada comparada con que algunos de tus colegas te digan en las redes cosas bonitas sin parar.

Todos sabemos que en cuanto entra una periodista en un colegio, lo primero que va a descubrir es un “proyecto pionero” y una “experiencia innovadora”, pero César no tiene la culpa de eso. César es un maestro como muchos maestros del mundo y se distingue por ser alarmantemente normal, tener cierta facilidad de palabra (no muchísima) y hacer gala de una gran paciencia con los que le tocan las narices. Además, es buen profe.

Uno de sus principales problemas ha sido dejar de dar clase una temporada para poder viajar y participar en proyectos diversos. Se le han venido encima no sé cuántos docentes diciendo que sin estar a pie de aula no se puede hablar de educación. Los fines de semana, por ejemplo, nadie debería hablar de eso, porque al separarte de la valla del colegio, pierdes fuelle y te patina la neurona. Yo, de hecho, escribo todo esto sabiendo el sacrilegio que cometo, puesto que – que los hados me protejan – nunca he sido maestro ni pienso serlo. Eso me pone en una situación verdaderamente difícil, pero César, que ha sido maestro unos diez años o más, digo yo que sabrá de lo que habla. A lo mejor es que hay categorías. Por ejemplo, si pides una excedencia para cuidar a tu abuelo, sigues teniendo bula para hablar de educación, pero si la pides para trabajar en Aldeas Infantiles, pierdes el criterio y además empiezas a ingresar un dinero impuro que no procede de arcas públicas, sino, horror, privadas. ¡Como el premio!

Así está la cosa. César tiene, por suerte, mucha gente que lo considera un profe normal, simpático, comunicativo,  con buenas ideas y con ganas de mejorar la educación, como la enorme mayoría de sus congéneres.

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5 comentarios to “César”

  1. nololamento Says:

    Vaya por delante que, si pudiera, César Bona estaría contratado en mi colegio con alfombra roja. Eso no quita para que sea alérgica a los premios en educación. También hay candidatos y ganadores entre mis amigos y amigas del EABE y otros lugares, y no me verás nunca, o casi, aplaudir.

    No me sale de dentro, Pedro. No me sale porque son actuaciones individuales, porque creo que no sirven para lo que dicen que sirven (no me mueve, mi Dios, para quererte).

    Lo que sí serviría es una carrera docente decente, profesional, seria. Serviría que el Magisterio no fuera el coladero para quienes no dan más de sí. Hasta Elena de Borbón es teacher. Serviría dignificar la profesión y los premios, tal y como están planteados, no lo hacen.

    Al chiquillo ya te digo, pero el síndrome existe (yo lo he llamado #síndromecésarbona sin pensar en él, sino en quienes lo padecen) y antes de las redes no estaba. Tiene hasta perfil de edad, nivel educativo y asignatura. Tampoco premiaría blogs, qué quieres que te diga… soy una romántica.

    A veces, no sé si hacemos porque creemos en ello, por la chiquillería o por puro y duro ego. En ocasiones veo trabajo cooperativo con Andrómeda y desprecio al colega de cada lunes, y eso, desde mi punto de vista, no tiene premio.

    Te lo dice todo alguien que ha vivido las mieles del éxito sin haber movido un dedo (lo que me lleva a concluir que base científica en las alharacas no hay). Mi pelea, ahora, es normalizar la excelencia educativa. Que ser profesional sea lo normal y que se castigue con la expulsión a quienes no hacen ni lo mínimo. No es César, sos vos.

    Y hasta aquí, que luego quedo malamente y no duermo ;P

    • Pedro Sarmiento Says:

      Qué ganas me dan de contestar a toda pastilla! Pero no, que tengo fiesta de cumple de un sobrino y las cosas hay que macerarlas un pelín. Besos, Lola! 😉

    • Pedro Sarmiento Says:

      A mí lo que me sorprende, de verdad, es que haya tiempo para dedicarle trato despectivo a un colega, estando el mundo como está y teniendo, como bientusabes, problemas de verdadera envergadura a diestro y siniestro: política educativa, recortes, equidad, formación de mejores docentes y un etcétera que no termina nunca.

      No se trata de ponerle velitas a César. Se trata desde ignorarlo a ser respetuosos, de tener un poquito de empatía y dejar que la gente viva la vida como le dé la gana sin hacerle autos de fe ni pruebas de pureza.

      Te lo digo yo, que soy un impuro 😉

  2. Jon Bustillo Says:

    Hola Pedro,
    Tuve la ocasión de escuchar una de sus charlas en Magisterio de Gasteiz. Decidí no hacer caso a los comentarios descalificadores de las redes sociales e ir a escuchar su trabajo para tener una versión de primera mano.
    Es posible que no tuviera su mejor día… pero la impresión fue de lo más pobre. Un montón de anécdotas, frases de manual del buenrollismo educativo, …. y sin explicar ni un por qué !!! Es como que por arte divina le sale conectar con el alumnado y todo es maravilloso. Quedé estupefacto con el discurso hueco que nos soltó….además sin dejar tiempo a las preguntas !!!
    Otra cosa es la descalificación sistemática a la profesión docente y especialmente a las personas que intentan cosas nuevas, arriesgando, acertando, fallando… en definitiva aprendiendo cómo es la profesión de enseñar….eso que en la formación del Magisterio cada vez menos enseñamos. Aquí coincido en que entre docentes apenas nos respetamos !!!
    Quizás si César explicase por qué sucede lo que él dice que sucede en sus clases….podría ayudar a otrxs docentes a repetir sus planteamientos….pero sin explicar las claves de lo que funciona, lo que no y por qué sucede…. no deja de ser un buen cuentito de pseudoeduautoayuda.

    Saludos.

    Jon.

    • Pedro Sarmiento Says:

      Eso es maravilloso! Vas, escuchas a alguien, te importa un pimiento (del Piquillo) y pierdes interés o lo criticas, etc. Nos pasa todos los días y nos seguirá pasando, afortunadamente, toda la vida. Lo que no me parece bien es convertirlo en motivo de mofa o ridiculizarlo. Lo hacemos con los políticos, por ejemplo, cuando sentimos que nos han tomado el pelo sistemáticamente durante años y cuando los hemos pillado en acciones reprobables, ilícitas o injustas.

      Me parece injusto y contraproducente tratar a un maestro como si fuera un listillo que nos está robando las ovejas o un traidor que ha “abandonado” nuestra secta.

      Es un estilo que está entre el cotilleo envidioso de barrio y el Sálvame, pero que a veces se disfraza de altura de miras y de defensa de ideales.

      Me encantará seguir leyendo cosas que te interesan y cosas que no, porque el día que nos guste a todos lo mismo, nos vamos a aburrir una barbaridad 😉

      Mil gracias por tu comentario


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