Polaris

06/01/2015

La polarización perjudica mucho a la inteligencia. Polarizar, es decir, pensar o entender la realidad en blanco y negro, creer que casi todo está organizado en dos dimensiones opuestas como si la vida se pudiera ordenar en binario, perjudica mucho a la inteligencia.

La polarización es una de las formas más habituales de simplificación y se encuentra en todas partes. La polarización nos lleva a pensar que ser creyente es sinónimo de ser facha, que ser okupa es sinónimo de ser de izquierdas, ser gay es sinónimo de ser creativo, ser hincha de fútbol equivale a no leer ensayo, ser montañero es sinónimo de ser sanote, generoso y bonachón, etc.

La polarización se da mucho en política, donde votar al PP es sinónimo de ser constructor corrupto, votar al PSOE es lo mismo que creer en los más justos ideales de paz, fraternidad y justicia social, o que votar al PP es votar al único partido que puede gestionar un país serio y votar al PSOE es como creer en una panda de indocumentados que están en política porque no han encontrado otra forma de conseguir trabajo.

Los programas de debate político, y de prensa rosa, que colocan a los invitados como si fueran contendientes en dos bandos anuncian a bombo y platillo la misma farsa que anuncian esos espectáculos de luchadores forzudos, gigantes y despiadados que saltan y rebotan sobre sus oponentes como si fueran colchonetas de látex. Todo está ya decidido de antemano: el sindicalista es justo o corrupto, la intelectual es inteligentísima o está vendida, el periodista es a o b, la cirujana x o y, etc, etc, etc.

En educación, donde todo es complejo y poliédrico, la polarización abunda y frena no sólo debates interesantes, sino los que son verdaderamente imprescindibles. Si hablas en contra de la enseñanza concertada, eres anticlerical. Si defiendes la asignatura de educación para la ciudadanía, eres de izquierdas y si te gusta que tus hijos estudien con los salesianos, eres fascista.

Las simplificaciones se llevan a tal extremo y en tantas ocasiones, que te acostumbras a que se diga que hacer actividades artísticas es para los que van para letras y que hacer experimentos con probetas te lleva necesariamente a estudiar ciencias. Leer poemas es para futuras profesoras de lengua y hacer deportes de competición es bueno para futuras empresarias.

Si no sabes leer cuando empiezas primaria, vas a ser torpe toda tu vida, si dibujas bien vas a ser una artista, si hablas bien en público vas a triunfar en el mundo del espectáculo y si no aciertas con las fracciones a los diez años, olvídate de estudiar económicas. Si marcas todos los goles en el recreo eres un líder nato, si lloras eres un blandito, si recuerdas los números de teléfono deberías estudiar matemáticas y si arreglas las persianas del aula, lo tuyo es la tecnología.

Del mismo modo, si El Mundo te coloca en el ranking de los mejores colegios, eres el mejor colegio y si no te coloca, eres de lo peor.

Como si no hubiera gays brutos, ingenieras torpes, músicos insensibles, mecánicos creativos, actrices tímidas, empresarias indecisas, cocineros que leen poesía, colegios que aman o que maltratan psicológicamente a su alumnado o asistentas que van a la ópera.

Uno de los efectos más perjudiciales de la polarización es la estolidez, que es la falta de razón y de discurso. La polarización sirve para no tener que explicar ni explicarnos cosas. También para saber, o creer que sabes, de antemano lo que piensan y hacen los demás.

Hace días leía este chiste:

Presentadora – Nuestro invitado de hoy nos va a hablar de la forma de evitar la deshidratación.
Invitado – Bebiendo agua.
Presentadora – Bueno, tenemos toda una hora de programa para hablar del tema…
Invitado – No es mi problema.

La polarización se arregla fácil, como en el chiste: hablando. Así de fácil y así de difícil. En un colegio, en un instituto, en una facultad, es sorprendente lo poco que se habla. La creatividad y la imaginación se dedican a poner excusas y explicar lo difícil que es, el poco tiempo del que se dispone, la oposición que se encuentra…

Hablar no significa, por supuesto, hablar del tiempo. Significa hablar de las cosas importantes, como por ejemplo de los alumnos, de tu forma de trabajar y de las de otros, de lo que habría que mejorar, de lo que se hace en otros lugares, de qué tal lo estamos haciendo comparado con lo que hacíamos antes o lo haremos después, etc.

Hablar es aceptar que alguien te vea dar clase y te sugiera una forma de hacer algo mejor. Hablar es proponer que se deje de hacer algo que se ha hecho durante años. Hablar es pedir opinión o aconsejar a una compañera o a tus alumn@s. Hablar es tener tiempo para que  la gente te explique cosas y para explicarlas tú. Hablar, a menudo, significa hablar de cosas de las que nunca pensabas hablar, o de las que sólo hablas con una persona en vez de con cincuenta.

Hablar es no esperar a que te diga una jefa que tienes que hablar, o que te cambie el horario para hablar. Hablar es buscar tú la forma, proponerlo, promoverlo, hacer que suceda y hacer que a más personas les apetezca hablar. Hay tantas formas de hablar como personas y puedes hacerlo como director, como conserje, como alumna o como profesora. Hablar es presuponer que no has terminado de aprender, que puedes hacer cosas diferentes, que a lo mejor estás haciendo algo mal.

Hablar es un placer. Hablar mejora el respeto y el entendimiento entre las personas. Hablar no lo arregla todo ni convierte tu vida en un paseo fantástico. Hay que trabajárselo, hay que tragarse sapos y hay que usar la inteligencia.

Hablar es lo contrario de simplificar. Hablar suena ñoño, como a anuncio bobalicón de coca-cola la chispa de la vida, pero lo que es ñoño de verdad es no hablar cuando de ello depende tu vida y la de otros y la posibilidad de participar en experiencias dignas, especiales, memorables y únicas.

¿Hablas?

    

  

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