Las pruebas son lo de menos

04/08/2013

Examinar a los niños para ver cómo van en el colegio no es nuevo. Salvo excepciones, no conocemos otra cosa. Ir al colegio suele ser examinarse una y otra vez.

Lo que sí es más novedoso es examinar a los profesores, a los colegios y a los sistemas educativos. De hecho parece una tendencia creciente, casi omnipresente.

Estos exámenes, tanto los de los niños como los demás, se parecen un poco al examen médico, porque nos dicen si las cosas van bien o si hay algo de lo que preocuparse. Sin embargo, también se parecen al examen médico en que tienen un alcance limitado. Por muy exhaustivos que sean los exámenes, en la educación y en la salud hay cosas que no se miden. Tal vez por eso la educación y la salud están a veces tan relacionadas (por ejemplo, cuando prevenimos la obesidad a través de la educación y la medicina).

Los exámenes de toda la vida eran así. Tenían un alcance limitado. Si había algo en lo que no fallaban era en decirnos lo buenos o malos que éramos haciendo exámenes. Nos servían para ejercitar la memoria, para demostrar que sabíamos resolver los problemas matemáticos, para practicar la expresión escrita y otras cosas importantes (como por ejemplo para saber si éramos “inteligentes”) pero no todas las cosas importantes. No nos servían, por ejemplo, para saber quién era tímido, líder, mentiroso, noble, imaginativo, violento, generoso, despistado o depresivo. Ahora sabemos que tampoco servían para saber si éramos inteligentes porque, afortunadamente para la humanidad, hace tiempo que la inteligencia ha dejado de ser lo que era.

Esas cosas las veíamos en el día a día. Son las que recordamos de nuestros profesores y compañeros del colegio y son, por cierto, las que se afanan hoy en saber los que nos hacen entrevistas de trabajo, ahora que se habla tanto de preparar a los niños para el mercado laboral.

Alguien que haya aprobado una oposición de las difíciles (juez, notario, etc.) podría haber sido mal estudiante en el colegio, pero la norma es más bien lo contrario y los jueces y notarios, entre otros, sacaban buenas notas.

En cambio, resulta difícil adivinar si sacaron buenas notas una actriz, un cocinero, un inventor o una política. Y eso que Penélope Cruz, Karlos Arguiñano, Steve Jobs o Angela Merkel hacen cosas difíciles, pero hacen el tipo de cosas que no se demuestran escribiendo con un boli. Son esas otras inteligencias.

Estaría muy bien que todos los niños hiciesen buenos exámenes de matemáticas y de lengua en el colegio. También estaría bien que todos tuvieran esas otras habilidades o inteligencias que derrochan la actriz, el cocinero, el inventor o la presidenta en sus respectivos trabajos. Y como eso no sólo no es posible, sino que ni siquiera es razonable, el colegio se dedica a dar el impulso que lleva a cada persona crear su propio camino, personal e intransferible. No tiene nada que ver con consentir todo y hacer sólo lo que apetezca. Tiene que ver con abrir puertas y mostrar que el esfuerzo de atravesarlas merece la pena.

Las pruebas externas ahora lo invaden todo, desde la educación infantil hasta puede que la universidad. Los colegios y los institutos se ponen en orden numérico atendiendo a estas pruebas, a las medias de selectividad, a los rankings de colegios de los periódicos, etc. y les hacemos caso como si estas pruebas se ocuparan de todo, cuando sólo se ocupan de una parte. No son interactivas, son escritas, versan sólo sobre algunas de las materias o asignaturas y en ningún caso fomentan la imaginación o la creatividad.

Parece que se debe a una moda, pero también parece que se debe a un negocio atractivo. Si consideramos las pruebas como un producto – que lo son puesto que se compran, se venden y suponen un gasto de cientos de millones de euros anuales – entenderemos lo interesante que es para el mundo empresarial colocar ese producto a – atención – todos sus consumidores. No hay excepción.

Es, además, un producto que abre la puerta a todo un hipermercado de publicaciones, aplicaciones, formación y nuevos productos de todo tipo que hoy son superfluos pero que mañana serán irremediablemente imprescindibles.
El símil del examen médico viene bien para explicar que estas pruebas pueden ser buenas para lo que son, como lo es el examen rutinario en el que se detectan una ligera desviación de columna, o unos pies cavos. Lo que no debe hacerse es considerar estas pruebas como diagnósticos completos de alumnos, docentes o centros. El examen médico funciona cuando se acompaña de higiene, ejercicio, buena alimentación y otros factores del bienestar físico. El examen médico no nos dice todo sobre el estado de salud del niño. La educación es igual, y funciona cuando se ocupa de las inquietudes y las necesidades de las personas, no cuando el colegio sube unas décimas en el ranking. Pretender que unos exámenes escritos nos resuelvan toda la complejidad de esta hermosa ecuación sería un gran error.

Piensa en las cosas que han hecho de tu educación algo interesante y verás qué de indicadores ajenos a los exámenes encuentras: la relación con los maestros, con los compañeros de clase, las experiencias que han quedado en tu recuerdo, los hábitos que adquiriste, las cosas que descubriste, las excursiones, los talleres, la confianza que depositaron en ti, los retos que superaste, el patio y todo eso que ya estás pensando.

Haz lo mismo cuando pienses en la educación de tus hijos. No dejes que la reduzcan a una fórmula simplificada. No dejes que se olviden de cosas importantes como si ya no fueran importantes. Lo son. No dejes que la preparación de estos exámenes poco importantes le quite tiempo a tu hijo tiempo para hacer las cosas que realmente importan. No dejes que conviertan a tu hijo en un número en una hoja de cálculo. No dejes que lo conviertan en consumidor forzoso del nuevo producto estrella.

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4 comentarios to “Las pruebas son lo de menos”

  1. Jordi Says:

    Un detalle. Cuando las autoridades educativas consideran que las pruebas lo dicen “todo” de estudiantes, profesores y centros educativos, cuando las ponen en el primer lugar de su ranking de prioridades y de su lista de razones para actuar, cuando creen que son completas, objetivas, válidas y fiables, entonces las convierten en el objetivo número UNO de la educación. Ahora, estudiantes, docentes y centros ya no educan, solo “preparan pruebas”. En ese momento, la educación, la creatividad, la inteligencia, las emociones, la sensibilidad y el sentido común saltan por la ventana y no vueven a aparecer por la escuela durante años… si vuelven.

    • Pedro Sarmiento Says:

      Sí, sorprende que algo tan claramente distorsionado y tan perjudicial para el sistema educativo se esté extendiendo tan fácilmente y con tan poca crítica. Oigo cada vez más a algunos políticos justificar estas decisiones recurriendo a cifras estadísticas aparentemente irrefutables. En concreto, el ministro maneja con desparpajo datos que hacen pensar que la educación española ha estado de vacaciones durante los últimos veinte años. Un mínimo análisis hace ver que no es así y que su propio partido, gobernando en numerosas CCAA durante este tiempo, ha hecho lo mismo que el supuesto diablo-PSOE.

      Creo que los pingües beneficios de este negocio acabarán de una u otra manera vinculados, precisamente, al actual ministro. Si no, sería llamativo que él, uno de los empresarios más agresivos del sector de la demoscopia, dejase pasar por alto la oportunidad de negocio que él mismo ha creado.

      Y añado: que sea negocio no es malo en sí mismo. Entiendo, por ejemplo, que también lo son los comedores escolares y eso no los convierte en actividades malignas. El peligro del negocio está en la enorme presión que se puede ejercer sobre los medios para acallar opiniones críticas, en el sector profesionales para dulcificarlas, etc.

  2. Juan Says:

    Pedro, podría hacerme una reflexión acerca de la educación y la música?


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