Autoescuelas

07/04/2011

Al abusivo número de exámenes que forma parte de la práctica docente habitual se han unido los exámenes que las CCAA hacen para conocer el nivel de sus sistemas educativos. Aparentemente son medidas inteligentes y objetivas de evaluación, que permiten saber cómo van las cosas en educación. Para mí son un insulto a la calidad que se dice defender.

Lo primero que hacen estos exámenes es reducir la calidad del sistema educativo a un conjunto de indicadores del que se eliminan, de antemano, indicadores de peso que quedan fuera del sistema, pero que están en la misma base de su funcionamiento. Por poner un ejemplo, estos exámenes nunca entrarán a valorar si los partidos políticos que los aplican han hecho los deberes a la hora de ponerse de acuerdo en las directrices básicas de las normas que regulan la educación. El esmero en calibrar la capacidad del alumno para sumar o dividir contrasta con la chapuza y el desdoro que supone no haber hecho nada en décadas por lograr una política educativa estable.

De ahí hacia abajo, los exámenes que dicen evaluar el sistema educativo desvían la molesta mirada ciudadana hacia otros responsables, los docentes, generando la ilusión de que ellos son los únicos responsables de la calidad, como si no supiéramos que la calidad depende en gran medida de decisiones políticas y técnicas en las que los profesores no intervienen.

Así, los exámenes son un chollo para las consejerías de educación, porque los hace una empresa externa muy seria y muy científica, con lo cual no dan demasiado trabajo. Además, la empresa puede ser propiedad de alguien con quien, de paso, quedar bien. Los técnicos de las consejerías respiran aliviados, conscientes de que cada día que se hable de exámenes en la prensa la gente va a pensar en profesores y se va a olvidar de ellos. Los políticos adoptan ese aire de “estamos haciendo lo correcto” y no caben en sí de gozo, como si hubieran descubierto algo avanzado, exigente, veraz, ambicioso… y otros adjetivos que les encanta usar.

Cuando los resultados salen a su gusto, dicen que los mejores expertos en educación han demostrado la eficacia del sistema. Cuando los deja a caer de un burro, dicen que no deben descontextualizarse los resultados.

En los centros se hacen tonterías sin cuento para quedar bien en los exámenes: se aconseja a los torpes que el día del examen bajen al gimnasio, o se dedican decenas de horas de clase a aprender las técnicas específicas del maldito examen, como si no hubiera cosas más importantes que hacer. Hay algunos que hasta se creen que una buena nota indica que el colegio va bien. La ignorancia no tiene barreras.

Estos exámenes se centran en algunas asignaturas y dejan de lado todas las demás, abandonando esos aspectos que a los políticos les parecen tan importantes cuando están en campaña: la creatividad, las competencias básicas, la motivación, las inteligencias múltiples, los valores ciudadanos, etc. Se ve que todo eso es muy bonito, pero como la empresa no lo puede colocar en tablas del 1 al 10, mejor lo dejamos a un lado.

Por último, está el mundo lleno de personas a la altura de las circunstancias, que cuando el centro de sus hijos sale mal parado en la lista, van a quejarse a la directora, como si estuvieran ejerciendo de forma ejemplar su papel de ciudadanos responsables.

Es de imaginar que esto irá a más, a mucho más. En Estados Unidos ha alcanzado tal grado de obsesión que hasta el propio Obama ha tenido que desmarcarse un poco, pero eso sí, en declaraciones informales, lejos de cambios legislativos. Precisamente es en Estados Unidos donde se está demostrando que los centros mienten todo lo posible para maquillar los resultados y los superintendentes, que no tienen equivalente en nuestro sistema, actúan como los jefes de policía de las películas, obligando a sus empleados a maquillar las estadísticas de delincuencia como sea para presentarse a la reelección, etc.

Es una vergüenza que todo esto se haga en nombre de los niños. Demuestra una falta de imaginación preocupante y abunda en la ya tradicional obsesión por que todos los alumnos hagan lo mismo al mismo tiempo, como si el gran objetivo de los sistemas educativos fuera parecerse lo más posible a IKEA.

Hace dos años mi sobrino me enseñó los exámenes que hacía todos los viernes en su colegio (Bernadette, de Madrid). En un papel idéntico al del examen, con el logo de la Comunidad Autónoma para acostumbrarse, respondían a preguntas semejantes a las que les iban a hacer, en un tiempo similar al que iban a tener el día del examen real. Me recordó a las autoescuelas y a la forma de aprobar el teórico. De esa forma, un colegio que quiere “subir de nivel” se hunde en las simas de la ignorancia despilfarrando el talento de sus alumnos. Los padres estarán encantados del altísimo nivel alcanzado.

Qué bonito.

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Una respuesta to “Autoescuelas”


  1. La crítica es razonable y certera. Pero también puede ser más analítica. Soy docente de Lengua y Literatura, preocupado por la didáctica de la comunicación. No tienes por qué confiar en mí, pero las pruebas de lectura comprensiva no se hacen para “superar el examen” sino para desarrollar (Perogrullo) la lectura comprensiva de textos con distintos formatos (códigos, canales) en una sociedad compleja. Quienes prefieren hacer ejercicios de toda la vida desarrollan lo de toda la vida.


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